«Identidad borrada (Boy Erased)», un relato sobre religión y homofobia interiorizada

Las terapias de «conversión» son solo un pretexto para lo realmente interesante: el viaje interior de su personaje como individuo homosexual

El estreno en cines españoles de Identidad borrada (Boy Erased), el segundo largometraje como realizador de Joel Edgerton (quien también actúa en el film), llega con el don de la oportunidad; en pleno destape del escándalo de la Iglesia española y unas terapias ilegales y clandestinas para “curar la homosexualidad”, que se promovían desde el obispado de Alcalá de Henares.

En la película, un chaval homosexual llamado Jared (Lucas Hedges) ve precipitada su salida del armario frente a sus padres, tras una serie de acontecimientos que no os desvelaré porque no me llevo demasiado bien con la idea de escribir spoilers. Su padre, un popular pastor bautista (Russell Crowe), reacciona mandándolo a un centro de terapias de “conversión” (que para más cachondeo recibe el nombre de Amor en Acción…), algo a lo que Jared accede sin ningún tipo de problema aparente.

Es esto último precisamente por lo que destaca especialmente Identidad borrada: mostrar al personaje gay no como una víctima, sino como una parte responsable y activa en la propagación de los varios tipos de lgtbifobia que vemos tanto en el film como en la realidad, al menos desde un principio.

Que no se me malinterprete, obviamente el personaje de Jared es una víctima, pese a que la decisión última de asistir a un centro como el que retrata el film es únicamente suya. Es una víctima de una sociedad opresiva con todo aquello de lo que se sale de la norma heteropatriarcal y cristiana, retratada siniestramente desde una cálida intimidad del hogar familiar y de su vida religiosa junto a sus padres (además de Crowe, una Nicole Kidman espléndida).

La lástima es que Identidad borrada no termine de mojarse cinematográficamente hablando, porque algún que otro plano y elementos figurativos interesantes de revisar los hay, pero muy justitos. Por el terreno de las terapias de “conversión” pasa algo de puntillas, casi usándolo como excusa y/o cebo para el público para lo realmente auténtico, emotivo e interesante del relato: el proceso que experimenta su protagonista a la hora de afrontar su homosexualidad y su relación con su padre, facetas vitales irremediablemente ligadas entre sí, y que le marcarán a fuego como ser humano.

Por ello, y aunque se experimentan escenas realmente crudas, se le echa bastante de menos más cine denuncia que el que Joel Edgerton proyecta en pantalla, y del que seguramente encontraremos más en el libro de memorias homónimo de Gerrad Conley.

Eso sí, la llorera máxima con los últimos veinte minutos no me la ha quitado nadie, maricón.

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