No, Australia no ha aprobado el matrimonio igualitario (pero está en ello)

  • El «SÍ» se impone en el voto postal australiano sobre el matrimonio igualitario con un 61,6% de los votos; pero un tremendo 40% vota en contra de la igualdad de derechos.
  • Ahora el gobierno ha de decidir si aprueba o no la ley que regule el matrimonio homosexual, algo que se da por hecho pero podría peligrar porque el resultado de la encuesta no es vinculante.

En los últimos meses te hemos dado mucho el coñazo con el culebrón que se han montado en Australia a costa del matrimonio igualitario… Culebrón que, siento decírtelo, aún no ha acabado.

Anoche se conocía el resultado del voto postal que el gobierno había organizado para conocer si los australianos querían aprobar o no la ley que regule el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como ya preveían las encuestas, la participación fue masiva (un 79,5% de los posibles votantes, casi 13 millones de ciudadanos) y el resultado ha sido mayoritariamente favorable al Sí, que ganó la encuesta con un 61,6% de los votos.

Era lógico que con un resultado favorable todo el mundo lanzara las campanas al vuelo… Pero OJOCUIDAO, porque el matrimonio igualitario NO se ha aprobado aún en Australia. Y no solo eso, aunque el resultado de esta encuesta postal ha sido favorable no podemos obviar el hecho de que ha supuesto un insulto al colectivo (literal y figuradamente) y ha ofrecido un dato muy preocupante: un 38,4% votó en contra de la legalización.

Vamos a quitarnos el primer gran problema de encima: no es aceptable que un país democrático y avanzado como Australia someta un derecho humano a una votación popular. Y menos aún en estas condiciones. Los derechos de una minoría jamás han de ser votados por la mayoría. Primero porque los derechos no se votan, se legislan. Y segundo porque cuando la mayoría vota es muy fácil que se imponga a esa minoría. Si esta misma encuesta hubiera tenido lugar en un país con unas raíces más tradicionales o religiosas el resultado habría sido negativo, porque la minoría (como su propio nombre indica) no podría superar en número de votos a la mayoría y porque en esa mayoría habría mucha gente cuyos derechos no se van a ver afectados pero que harán lo posible por seguir discriminando a esa minoría.

Que el SÍ haya ganado esta encuesta no implica que el matrimonio igualitario se haya aprobado en Australia. De hecho ni siquiera supone que se vaya a aprobar, porque desde el primer momento se aclaró que el resultado no es vinculante. Desde el gobierno se aseguró que si el resultado era positivo el parlamento aprobaría la ley, pero no descartemos que la derecha se saque un as de la manga para seguir retrasando lo inevitable. Todo apunta a que esa ley ya está medio redactada, que los grupos políticos están preparados y que el matrimonio igualitario en Australia podría ser una realidad antes de que acabe 2017. Pero no nos dejemos llevar por la alegría de ese 61,6%: aún no se ha dicho la última palabra.

Hay otra cosa importante a tener en cuenta entre tanta celebración y que nadie ha de olvidar jamás: este voto postal no ha sido una conquista del colectivo LGTB+ sino una estratagema homófoba bastante chusca del primer ministro australiano, Malcolm Turnbull. Turnbull, de derechas llegó al gobierno de Australia después de hacerle un Showgirls a Tony Abbott (que era un primer ministro recalcitrantemente conservador). El gobierno de Turnbull está apoyado por diputados muy conservadores (casi extremistas) que accedieron a apoyar la candidatura de Turnbull siempre que éste (entre otras cosas) no legalizara el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Malcolm Turnbull, marcándose un pinkwshing en el Mardi Gras

Pero, como suele pasar en temas referentes al colectivo LGTB+, la sociedad estaba muy por delante de sus gobernantes. Así mientras todas las encuestas dejaban claro que la mayoría de los australianos estaban a favor de legalizar el matrimonio igualitario el gobierno se resistía a hacerlo. Y lo hacía, simplemente, por no perder el apoyo de los diputados conservadores. Al Primer Ministro cada vez se le hacía más complicado seguir justificando la no legalización del matrimonio igualitario, lo que le llevó a tener una idea de bombero: hacer un referéndum.

La oposición al referéndum, tanto por la sociedad australiana como por los grupos políticos de la oposición, fue brutal. Primero porque no se veía justo que, como decía antes, la mayoría votara sobre los derechos de la minoría. Y segundo porque el coste del referéndum se estimaba en más de 200 millones de dólares australianos. Y los australianos tenían cosas más importantes en las que gastarse el dinero, como por ejemplo: nuggets.

El senado australiano tumbó la idea de hacer un referéndum y dejó a Turnbull contra las cuerdas. Cuerdas que se tensaron aún más cuando desde dentro de su propio partido surgieron voces pidiendo que se legislara de una vez y se concediera a los diputados la libertad de voto. Con toda la oposición a favor del matrimonio igualitario lo único que impedía que se aprobara directamente en el parlamento eran los votos de la derecha; pero con diputados de derecha pidiendo libertad a la hora de votar estaba claro que la ley se aprobaría sí o sí.

Así que Turnbull tuvo dos ideas: por un lado prohibir esa libertad de voto (por si acaso) y por otro lado hacer una encuesta postal. Una suerte de referéndum no obligatorio y (lo más importante) NO VINCULANTE con el que saber lo que en realidad todo el mundo sabía ya: que más del 60% de los australianos estaba a favor de legalizar el matrimonio igualitario. El voto postal fue, además, denunciado ante el Tribunal Supremo por los grupos a favor de los derechos LGTB+ al considerar que someter los derechos del colectivo al voto popular era inconstitucional. El Supremo aprobó la celebración de la encuesta y Turnbull se salió con la suya y aprovechó para hacerse un pinkwashing de manual y asegurar que él iba a votar que sí. Si Turnbull realmente creyera en la igualdad la habría aprobado en el Parlamento, no la habría sometido a voto.

Que el resultado haya sido positivo no tiene que hacernos olvidar que el voto postal ha supuesto un duro golpe para el colectivo LGTB+. No solo por ver cómo un derecho fundamental se somete a voto, también porque esta suerte de referéndum postal no estaba sujeto a la legislación propia de una campaña electoral. ¿Y qué implicaba eso? Que los que hacían campaña tanto por el sí como por el no tenían total libertad para mentir, insultar, desprestigiar y promocionar sus ideas de la forma que prefirieran.

Carteles LGTB-fóbicos de organizaciones neonazis que aparecieron en varias ciudades australianas.

Huelga decir que, evidentemente, desde el SÍ se ha hecho una campaña limpia, sana y progresista; mientras que desde el NO se ha visto a neonazis colgando carteles por las ciudades avisando de que todos los homosexuales son pederastas, a la Iglesia Católica amenazando con despedir a todos los empleados que votaran o promovieran el voto al Sí, a los homófobos diciendo en televisión que estaba bien ser homófobo y a un montón de reaccionarios (incluido el ex-Primer Ministro Tony Abbott) pintando un escenario de miedo y odio asegurando que si se aprobaba el matrimonio igualitario el siguiente paso sería adoctrinar a los niños en los colegios para fomentar que se cambien de sexo.

Puede parecerte que esas burradas están muy lejanas y son actos a la desesperada, pero recuerda que cuando saltó la polémica por el autobús tránsfobo de Hazte Oír en España surgieron varios comentaristas en medios asegurando que las asociaciones LGTB+ que acuden a los centros escolares a dar charlas sobre diversidad tenían el visto bueno de las administraciones para suministrar hormonas a los niños o niñas que expresaran dudas sobre su género.

Vamos, que en España también tenemos lo nuestro. Pero lo que aquí nos parece residual (no nos confiemos, viendo el nivel de agresiones en este país si se diera un voto parecido podríamos llevarnos una sorpresa) en Australia ha supuesto casi un 40% de los votos de esta encuesta postal. Y lo peor: se les ha dado un altavoz poca veces visto en un país supuestamente avanzado.

Si hay algo que podemos celebrar de este resultado es que Australia ha demostrado ser un país que, mayoritariamente, respeta y valora la diversidad sexual y afectiva. Pero no dejemos que las banderas arcoiris no nos dejen ver la realidad y, sobre todo, no cantemos victoria hasta que realmente podamos cantar victoria. Y eso será cuando nuestros derechos estén aprobados y escritos negro sobre blanco… y cuando ese 40% de homofobia sea casi residual.

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